Los Hijos de la Monja Azul

La Reverenda Madre consulta a un místico

Por Larry Torres
Posted 9/5/19

Al mediodía, a la mera hora del Ángelus, la Reverenda Madre dejó el convento para ir a ver al Padre Alfonso de Benavides en el Monasterio de San Ildefonso. Estaba ubicado en la …

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Los Hijos de la Monja Azul

La Reverenda Madre consulta a un místico

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Al mediodía, a la mera hora del Ángelus, la Reverenda Madre dejó el convento para ir a ver al Padre Alfonso de Benavides en el Monasterio de San Ildefonso. Estaba ubicado en la cumbre de un cerro cercano. Lo había escogido a él porque se contaba entre los muy pocos religiosos locales quienes verdaderamente habían visitado al Nuevo Mundo por sí mismos. Había vivido unos años entre los indígenas Taínos de las islas y en otros lugares.

La acompañaba la Maestra de Novicias en su búsqueda caminando cuidadosamente entre las rocas desiguales. Ella había oído que este sacerdote era muy buen director espiritual y un apto consejero.

El Hermano Portero las admitió en silencio, hablándoles solamente por señales. Les indicó que el Padre Alfonso estaba escribiendo; cosa que solía hacer después de rezar la Oración del Ángel.

El Padre descansó su pluma fuente en su tintero cuando las vio llegar a su celda.

"Madre," le dijo el Padre Alfonso, poniéndose de pie cuando la vio entrar. La saludó con el abrazo fraternal, común a esas órdenes. "En el nombre de Dios, le doy la bienvenida a mi humilde recinto. Pero ¿qué cosa se le ocurre que viene a buscar a su siervo aquí?"

"Con su permiso, Padre," comenzó la Reverenda Madre. "Vine a consultar con Vos sobre un grave asunto de cultura y de fe. Hay una monja en nuestro convento quien, verdaderamente se cuenta entre las hijas de Dios que recorren la pista delicada e incierta entre la sanctidad y la locura."

El Padre Alfonso solivió las cejas, atónito. No era frecuente que una prioresa venía con tales nuevas tocante a una de sus propias hijas espirituales.

"Padre," continuó la Reverenda Madre, "Yo sé que Vos habéis andado en esas tierras áridas que están tan lejos del Cielo. Esta monja, Sor María, reclama que en ellos también ha ido allá, transportada por las alas de los ángeles y cuando habla de ese sitio, me cuenta que la Virgen María misma ha hablando con ella y la anima a que les lleve las buenas nuevas de Cristo a los indígenas olvidados y que les anuncie el poder de la Santa Cruz." Y luego añadió: "¿Qué opináis Vos?"

El Padre Alfonso se detuvo unos momentos antes de responder. "Madre," le dijo, "las almas más olvidadas son las que están en mayor necesidad de la misericordia de Dios. No me sorprende que mi Tatita Dios ha enviado a su misma Madre para que halle a una sierva que haga Su voluntad.

"Y las tierras, de cuales habla, tienen un primor muy sublime. De ellas yo escribí así: 'Tierras de sangre de Cristo empapadas de sangre; montañas habitadas por Cristos lacerantes; Cristos de ojos hispanos; Cristos que cantan saetas al Redentor que muere, o tal vez a su cepa que también agoniza. Es la cepa de Cides, Quixotes o Teresas; los que hacen de la vida o locuras o poemas. Hoy sólo serán gestos y mañana vive Dios en epopeyas americanas. Así brotan las flores al pie de la Cruz frondosa. Ya a raza intrépida los valles grises mora y enflorece la tierra donde se torna roja en comunión de sangre. Raza hispana fecunda, ¿por qué en la vida esparces sangre en ritmo de vida? Cual Cristo agonizante, frondosa será siempre tu Cruz culturizante.'"

La Reverenda Madre no supo qué responder a tal poesía mística de la boca del Padre Benavides. Le parecía que sólo un santo puede comprender a otro santo, sólo un loco puede comprender a otro loco, y sólo un místico puede comprender a los dos.

Este capítulo se quedó fuera de la serie. La versión en inglés de este capítulo se encuentra en la página C3.

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