Las Muertas Capítulo 15: La captura

Por Teresa Dovalpage Especial al The Taos News
Posted 4/9/17

Después de la confesión de Frank, Telly se queda en silencio y lo observa, expectante. Él se tranquiliza y continúa hablando, más para sí mismo que para ella:

—Si la muy loca me hubiese …

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Las Muertas Capítulo 15: La captura

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Después de la confesión de Frank, Telly se queda en silencio y lo observa, expectante. Él se tranquiliza y continúa hablando, más para sí mismo que para ella: —Si la muy loca me hubiese dicho que ya no quería nada conmigo de otra forma, en otro momento, yo lo habría aceptado. ¿Qué iba a hacer? Nunca he sido un tipo violento. Telly no puede evitar un gesto de asombro. —¿De veras? —le pregunta, sarcástica—. ¡No me digas!
A Frank no le agrada su tono. La mira de reojo. —Impulsivo, sí, pero no violento —responde—. El problema fue que ella me provocó. Sentí que se estaba burlando de mí, que me había usado. Perdí la cabeza. Saqué una pistola que siempre he tenido aquí en casa por precaución y disparé. Asustada, Telly se lleva una mano a la boca. Siente la tentación de pedirle a su novio que se calle, que no se sigua incriminando, pero no se atreve. Sabe (o presiente) que Martínez está oculto en el apartamento, escuchándolo todo. La certeza la tranquiliza y la hace sentirse culpable a la vez. —Me arrepentí al instante, pero ya era muy tarde —murmura Frank—. Todo pasó muy rápido. La bala le entró por la frente y cayó muerta, como un pajarito en invierno. Telly retrocede dos pasos. —Cuando comprendí que no podía hacer nada por ella la envolví en una sábana, llevé su cuerpo a la West Mesa y lo enterré allí, cerca de la acequia. Pero te doy mi palabra de que no tengo la más mínima relación con las otras. Parece que alguien más tuvo la misma idea… Doblar la hoja Transcurren varios minutos antes de que Telly consiga la suficiente presencia de ánimo para murmurar: —Y después, ¿qué pasó? Frank se encoge de hombros. Parece más calmado, como si se hubiera librado de un fardo molesto: el peso de su culpa. —Después, ya no pasó más nada —dice—. Seguí con mi trabajo y mi vida normal. Al cabo de varios meses un policía se apareció aquí para averiguar sobre ella. Le dije que no sabía nada de su paradero, que habíamos tenido una pelea y no la había vuelto a ver. Me creyó y se fue. Telly mira a su alrededor. Se pregunta si Martínez se habrá marchado al recibir su mensaje de texto. En el caso de que nadie haya escuchado la confesión de Frank ¿tendría ella fuerzas para denunciarlo? —¿Por eso andabas con tanto miedo aquella tarde? —pregunta, para ganar tiempo mientras decide—. ¿Pensabas que el cráneo era suyo? Frank se alisa el cabello hacia atrás. —¡Basta, mujer! No quiero volver a hablar del asunto. Ya te dije lo que querías saber, doblemos la hoja. La expresión se le queda dando vueltas en la cabeza a Telly. —¿Cómo que doblemos la hoja? —exclama—. Borrón y cuenta nueva, ¿eh? —El pasado está muerto y enterrado, como ella —replica Frank—. Ahora olvídalo, por favor. Lo que importa es nuestro presente. —¿Y tú piensas que voy a seguir contigo después de saber esto? Prueba de amor Sorprendido, Frank se queda mirándola con los ojos muy abiertos. —Sí, ¿por qué no? He confiado en ti, te he dado la prueba de amor más grande que podía darte. —La prueba de amor, o de decencia, más grande que podrías darte a ti mismo sería entregarte a la policía —replica Telly. Frank da un puñetazo en el sofá. —¡Bueno, tú estás tan loca como la otra! ¡No me digas que vas a denunciarme! Ella titubea.
—No voy a decírselo a nadie, si es lo que te preocupa. Pero ya no podré volver a verte como antes. —¿Para qué preguntaste entonces, si te faltaban los ovarios para oír la verdad? Así son las mujeres. Compran cabeza y luego se asustan de los ojos. Las fibras del alma Telly no responde. Deja vagar la vista por los alrededores, como quien busca ayuda. Frank entra a la recámara y se acerca al secreter. Coloca una mano sobre la gaveta donde está la pistola. Vacila. —¿Por qué no te vas? —le pregunta, sin volverse hacia ella. —¿Me estás echando? —pregunta Telly con tristeza. A pesar de todo, pequeñas fibras de su alma aún se aferran a Frank. Él abre la gaveta, pero no toca el arma. —Tú querías saber —dice, todavía de espaldas a ella. —Porque esperaba que no fueras culpable —admite Telly—. Temía que lo fueras, pero al mismo tiempo deseaba que no, rezaba porque no lo fueras. —Ah, la santa inocencia… Frank se dispone a sacar la pistola cuando Martínez y el policía aparecen por detrás de él y lo sujetan. —¡Lo sabía! —grita Frank, al darse cuenta de lo que sucede—. ¡Traidora, hocicona, debí haberte cerrado el pico como a la otra! El Detective Martínez y el policía se lo llevan a rastras.

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