Hermanas en Té – Parte VIII: Brindis con té por la amistad

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Recapítulo: Antes de asistir a su reunión mensual de té, Lupe considera si debe contarles a sus amigas un incidente desagradable: Carmen ha desaparecido después de robarse un vestido de la tienda. Lupe se siente traicionada y avergonzada por ello. Luego, Lupe y Ramona sienten algo de celos de la vida amorosa de Felicia y de sus relaciones con un chico joven y guapo. Pero ¿es oro todo lo que relumbra?Las amigas conversan sobre la idea del nuevo negocio de Ramona cuando suena el teléfono de Felicia. Ella decide no contestar, pero algo sobre aquella llamada la desazona.Camino al baño, Felicia conoce a un señor que prefiere las máquinas de escribir a las computadoras. Lo encuentra divertido, pero el inesperado descubrimiento de un mensaje destinado a Papacito le hace comprender que su novio la está engañando.

Felicia regresó al salón con el celular de Papacito en la mano derecha. No se le había ocurrido volver a guardarlo en su bolso.

Lupe estaba aún entonando alabanzas a la vida empresarial:

--Tener mi propio negocio me ha dado una libertad que nunca antes tuve…

Pero notó algo extraño en la expresión de su amiga y se detuvo a mitad de la frase.

--¿Que pasa? --le preguntó.

Felicia conectó el altavoz del teléfono y les puso el mensaje sin decir una palabra.

--¡Esa es Carmen! --exclamó Lupe.

Ramona se llevó una mano a la boca.

--¿Estás segura?

--Absolutamente --contestó Lupe--. Es su vocecita chillona de niña bitonga. La he tenido que oír durante más de un mes, ¿se acuerdan?

--Esto no tiene sentido --murmuró Felicia--. ¿Cómo se conocieron ella y Papacito?

Nadie sabía qué responderle. Por primera vez en doce años, la bandeja de postres se quedó sin tocar.

Una semana después, Ramona empezó su negocio de consultoría. A la directora de una nueva escuela charter local no le alcanzaba el dinero para contratar a un contador a tiempo completo, pero ofrecía justo lo que Ramona deseaba. Ella, por su parte, se sentía bien de volver al trabajo y tener caras alegres a su alrededor. ¡Se sentía bien por tener menos tiempo libre! ¿Quién se lo hubiera dicho cuando decidió retirarse un año atrás?

Ramona había andado ocupada. Además de trabajar para la escuela, había ayudado a Felicia a pintar la casa después que el roedor de su novio se fuera --después que ella lo echara, como Ramona prefería decir. Él había admitido que estaba viendo a otra mujer. "Una preciosidad," se había jactado, para despecho de Felicia.

¿Sabía Carmen quién era Felicia cuando aceptó ir a la reunión del té? ¿Lo había hecho para conocer a su rival en persona o todo había sido una coincidencia desafortunada? En cualquier caso, aquello no importaba ya. Que se fueran con viento fresco ella y Papacito. Que Carmen se quedara con el zángano, pensaba Ramona, con la esperanza de que Felicia compartiera sus sentimientos pronto. Pero su amiga había estado deprimida durante todo el mes, lo que era comprensible.

--Da las gracias por haber descubierto la verdad más temprano que tarde --le había dicho Lupe, repitiendo los comentarios de Felicia sobre Carmen.

--Tienes la boca llena de razón --suspiró Felicia.

Ramona le dio unas palmaditas en la mano a su amiga.

--No hay mal que dure cien años --le dijo--. Créeme, que yo sé lo que estoy hablando.

Ella estaba segura de que, al cabo, la herida de Felicia sanaría. Pero por el momento se sentía triste y traicionada. La reunión del té de ese día probablemente se dedicaría a sacudirle la depresión. Para eso eran las amigas.

Ramona estacionó el Nissan y comenzó a caminar hacia el salón de té. El aire helado de diciembre la hizo estremecerse. Había caído un polvillo de nieve sobre las Montañas Sandia. Se imaginó la chimenea encendida, sándwiches de pepino y panecitos tibios con mantequilla. Ya había visto el menú en línea y sabía que era un "evento a lo Dickens" que incluía el chutney hecho de queso cheddar de Ebenezer y el pastel "Fezziwig Fidget." El menú de Navidad siempre era mejor que lo habitual. Y lo habitual, ya sabían ellas, era de por sí extraordinario. Ramona no había almorzado aquel día.

Faltaban diez minutos para las cuatro. Ramona pensó que tendría tiempo de revisar los estantes de El Mercado. Había planeado comprar un tapiz bonito para el baño de Felicia de modo que la pared vacía y recién pintada no le recordase el feísimo póster de carros de carrera y, por asociación, a Papacito.

La mesera le dijo que Pemberley estaría listo antes de la hora acordada. Ramona miró a su alrededor y vio que Felicia ya se encontraba allí, junto al estante en el que la vieja máquina de escribir Royal se erguía como un tributo a los tiempos antiguos. Estaba hablando con un hombre mayor que Ramona había visto antes. ¿No era el que ella y Lupe habían apodado Señor Misterio? ¡Sí, ese mismo era!

Un clavo saca otro clavo. Ramona se rio para sus adentros.

Aquel era otro dicho del año del ruido. Un nuevo amor te hará olvidar el anterior. ¿Sería cierto para Felicia?

Eso espero, pensó Ramona. ¡Vaya que estoy llena de dichos hoy!

A las cuatro y cuarto, las tres amigas estaban sentadas alrededor de una mesa con el primer servicio de té frente a ellas.

--¿Se han dado cuenta, chicas, de que ésta es nuestra última reunión del año? --preguntó Lupe--. ¡El tiempo vuela!

Acto seguido se dispusieron a escuchar las jeremiadas de Felicia, pero ésta tomó un sorbo de té, les guiñó un ojo y preguntó en voz baja y conspirativa:

--¿Pueden creer que tengo una cita esta noche?

Lupe empezó a hacerle un ceremil de preguntas. A Ramona no le hacía falta. Levantó su taza y brindó:

--¡Por el próximo año!

--Por los hombres decentes --agregó Felicia. ¡Y por las buenas amigas también!

El ruido de las tazas de porcelana al chocar resonó en el saloncito como campanas de plata que anunciaran el año nuevo.

La versíon en inglés de esta historía está aqui.

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