Los Hijos de la Monja Azul

Chapter IVC: Sor María es atormentada en las mazamorras de La Inquisición

By Larry Torres
Posted 11/7/19

De repente se abrió la puerta fuerte mayor de la cámara. Tres personas entraron a paso medido con las cabezas inclinadas al sonido de un tomé. Las primeras dos usaban vestiduras blancas y sueltas que las hacían verse indistintas de entre las sombras. Sus cabezas estaban cubiertas con capuchas piconas que les ocultaban la identidad.

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Los Hijos de la Monja Azul

Chapter IVC: Sor María es atormentada en las mazamorras de La Inquisición

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De repente se abrió la puerta fuerte mayor de la cámara. Tres personas entraron a paso medido con las cabezas inclinadas al sonido de un tomé. Las primeras dos usaban vestiduras blancas y sueltas que las hacían verse indistintas de entre las sombras. Sus cabezas estaban cubiertas con capuchas piconas que les ocultaban la identidad.

La tercera persona no usaba disfraz; era un sacerdote con cara repugnante y con boca que despedía mal haliento. Sor María lo conoció de una vez: ¡Aliaga!

El Gran Inquisidor mismo había venido para supervisar las torturas de "esta monja infame que tenía talentos extraños y muy singulares." A pesar de que muchos consideraban a Sor María como santa, Luis de Aliaga Martínez sin embargo estaba convencido de que Sor María tenía que ser bruja. La Inquisición, siempre estaba alerta y atenta en buscar brujas (a veces llamadas "bruxas"). Eran mujeres solteras, viejas y sin domicilio, o mujeres medias cortas de espíritu, también mujeres pobres o curanderas que usaban para suplir sin límite sus autos de fe públicos.

Esta mujer le había evadido por muchos años y lo había puesto en ridículo ante la Inquisición. En esta ocasión no se le escaparía. Con cara ardiente de rabia el Gran Inquisidor se le arrimó a Sor María diciéndole a sus auxiliadores: "¡Átenla a la camilla de estiramiento!"

Sin más ni más sus dos auxiliadores prendieron a Sor María y la arrastraron, acostándola con violencia en la camilla. Le amarraron las manos y los pies a las cuatro esquinas y afijarán sus vendas con tornillos.

"Ahora vamos a ver si estáis lista para confesaros," le dijo con burla. "¿Con qué empezaremos? ¿Os sacaremos todas las uñas una por una, u os desollaremos de toda vuestra piel pelándola como una pera desde arriba a bajo?"

Sor María trataba de no prestar oído a sus amenazas; más bien, levantaba los ojos al Cielo, implorando la ayuda de la Divina Providencia. Entretanto, los dos auxiliadores trajeron varios instrumentos de tortura para aterrorizarla con su vista. Primero le pusieron el estrepato con sus cabestros móviles de donde pendían a una persona como un yoyo humano. También le mostraron la toca y la garucha en cual casi ahogaban a la persona con ponerle un trapo mojado adentro de la garganta echándole agua, gota por gota hasta que no podía resollar.

Sor María apretaba los ojos, rehusando de mirar a esas cosas asombrosas. El Gran Inquisidor Aliaga le quería meter miedo, murmurándole en el oído como un diablo encarnado: "Dados por vencida, Sor María, si no queries sufrir el bastinado. Ése sí que es muy doloroso."

De repente Sor María cerró los ojos, sin decir nada ni al Inquisidor Aliaga ni a sus auxiliadores anónimos. Sus labios se movían como si estuviese rezando. Parecía estar inconciente a los horrores al rededor de ella. Con Aliaga y los auxiliadores mirándola, se ve levantando en el aire arriba de la camilla, flotando sin asfuerzo ante sus ojos atónitos. Sin que pudieran atajarla, se les borró de la vista, volviéndose nada.

Lo que ellos no sabían es que en ese momento Sor María iba volando en las manos de los ángeles en rumbo de su Nuevo México querido.

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