Cuando nuestros hijos o hijas se transforman en nuestros amigos

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Como siempre amigos, hoy escribiré sobre un tema que me ha tocado muy de cerca, un tema que me ha traído mucha alegría y que creo que a muchos de ustedes les resultará muy conocido. Espero que lean estas líneas y al final tengan una profunda sonrisa y se sientan muy contentos. Pero como siempre, debo comenzar con una aclaración.

Aunque hoy escriba sobre hijos o hijas, no quiere decir que mis palabras solo son para padres y madres. En realidad, son para todos nosotros, los que somos padres o madres y los que no lo son todavía o lo serán jamás. En realidad, son para todos aquellos quienes han sido tocados por la belleza de una amistad descubierta por un gesto, una sonrisa, una ayuda inesperada. En particular, mis palabras son para padres y madres, porque a mi me tocó en mi papel de mamá, y al mismo tiempo en mi papel de amiga de mi hija y mi hija mi amiga.

Hoy día, poder decir que una(o) tiene amigos a "la antigua" es un lujo que casi ya no existe en este mundo de la media social y las noticias que se transforman en escándalo en cuestión de segundos. Pero volvamos al tema de hoy, el tema que me llena el corazón de placer. Nunca dudé del cariño de mis hijos, tanto de ellos hacia mi o el mío hacia ellos. Pero a medida que pasan los años y todos nos hacemos un poquito más viejos y, por que no a veces hasta más sabios, nos damos cuenta de que nuestros hijos(a) pueden ser nuestros mejores amigos.

Es una amistad que va más allá de la amistad. Es la relación del padre o madre con la continuación de la especie. Es la relación del padre o madre con quien representa la nueva generación. Pero es también la relación identificada por un gran cariño, por un conocimiento que va más allá de lo evidente y de lo que se ve a simple vista. En realidad, creo que como madres, tenemos, la ventaja de conocer más profundamente a mis hijos. Como madres o padres, tenemos la ventaja de que nuestro cariño es incondicional. Nuestra dedicación sin condiciones. Pero para que esto se produzca, nuestros hijos tienen que haber abierto las puertas de la comunicación, del cariño, de la confianza.

La transformación en la relación padres/madres e hijos/hijas es un proceso lento y lleno de alti-bajos, pero cuando se da, que belleza, que gran sentimiento de haber conseguido algo que no es fácil ni muchas veces puede ser duradero: que nuestros hijos(a) y nosotros seamos amigos. Qué no solo reine la autoridad paterna o materna, sino que la relación sea más de igual a igual, de mutuo respeto.

Pero aquí, antes de continuar y típico a lo que acostumbro, debo aclarar algo. Como madre, me siento increíblemente afortunada en haber conocido la felicidad de la maternidad, pero mis palabras hoy no son sólo para aquellos seres que son padres o madres biológicos. Mis palabras son para todos aquellos que de alguna manera u otra han enriquecido la vida de una o más criaturas. Son para aquellos que han adoptado hijos/as o que lo harán en un futuro cercano. Mis palabras van también para toda/os aquellos que nunca tendrán hijos/as.

Mis palabras en realidad van dirigidas a todos aquellos que han conocido la riqueza y la belleza de poder decir que conocen lo que es la amistad. Que saben que tienen otro ser humano con quien se puede contar en un momento de necesidad. Ahora bien, si ese ser humano es una hija o un hijo, que mas se puede pedir de la vida? Solo hay que tener la gran humildad de reconocer cuan afortunada/os que somos, agradecer nuestra gran suerte y desearle al resto del mundo la misma fortuna. Tal vez nuestro paso por la vida sería más fácil y habría menos tristeza y miseria espiritual?

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