Muerte por Smartphone - Capítulo dos: En el mar

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En el capítulo uno, Marlene Martínez, una ex detective cubana, y su sobrina Sarita hacen un crucero por el Caribe. Uno de los pasajeros es un aspirante a actor que actúa de forma sospechosa.

El barco viajaba a unos 20 nudos (23 millas) por hora, informó a los pasajeros el canal de televisión del crucero. La costa de Miami ya no se divisaba. El casino y las dos boutiques, que habían cerrado mientras estaban en el puerto, abrieron las puertas.

La cabina de Marlene y Sarita estaba en la cubierta catorce, justo en el medio de la nave. La muchacha dejó escapar un grito de alegría cuando vio el balcón.

--Ay, tía, ¡no esperaba que fuera tan grande!

Salieron y pasaron los siguientes quince minutos decidiendo dónde iban a comer. No debía haber sido una elección difícil, teniendo en cuenta que los tres comedores principales servían exactamente el mismo menú. También había un café tipo buffet, pero, como decía Sarita, era menos "pipiris nice."

Marlene sugirió Delicious, en la cubierta siete, donde sólo tendrían que esperar cinco minutos según la pizarra electrónica. Pero cuando Sarita descubrió a Carloaberto a la entrada de The Brasserie, en la cubierta nueve, se empeñó en que cenaran allí, aunque el tiempo de espera era de casi media hora. El hecho de que el restaurante quedaba junto al casino explicaba su popularidad. Marlene se encogió de hombros y le siguió la corriente a su sobrina.

La verdad era que seguía intrigada por la conversación entre el aspirante a actor y el tipo rubio con la camisa hawaiana. Una vez que se sentaron a la mesa, Sarita sacó su teléfono celular y anunció que iba a pedirle a Carloalberto, que estaba solo, que se tomaran una foto juntos.

--Deja que la suba Instagram para que la vean todas mis amigas --dijo--. Se van a morir de envidia.

Pero Marlene no quería ni oír hablar del asunto. Todavía estaban discutiendo cuando una mujer alta se sentó junto a Carloalberto y ahí se terminó la cuestión. La mujer era una morena de piernas largas y ojos verdes, de aspecto exótico.

--Es su esposa, Emma --dijo Sarita en tono reverente--. Una modelo de verdad, mitad venezolana y mitad italiana. Ah, ¡cómo me gustaría ser como ella!

La chica se puso seria y Marlene pensó en darle un sermón sobre autoestima e imagen corporal, pero cambió de opinión. Comieron calladas, mientras Sarita observaba a la pareja y suspiraba. Carloalberto y su esposa tampoco hablaban mucho. La modelo, como notó Sarita, parecía disgustada.

Cuando les sirvieron el postre, otra mujer se acercó a la mesa de la pareja. Sarita dio un salto.

--¡Este barco está repleto de celebridades! --exclamó--. ¿Sabes quién es?

Marlene miró a la recién llegada. Tendría unos treinta y pico de años y era regordeta, con el pelo castaño y expresión ratonil.

--No tengo idea --respondió y volvió a ocuparse de su helado frito.

--¡Helen, su compañera! Es la guionista del programa. Creo que está metida con Carloalberto... Bueno, ¿quién no? ¡Fíjate, lo está besuqueando!

No era un beso habitual de los que se daban al aire juntando las mejillas. El beso de la mujer se prolongó más de lo que el protocolo latino dictaba para los ósculos sociales. La modelo no decía una palabra mientras Carloalberto y Helen charlaban con animación.

--Ese huevo quiere sal --susurró Marlene--. Esos están en algo.

Su sobrina asintió con una sonrisa de complicidad.

--Pero ella no tiene ninguna posibilidad, ¿verdad? --dijo Sarita después de una pausa--. Es una señora corriente, mientras que la mujer de Carloalberto es regísima.

--¿Regísima? ¿Qué quieres decir con eso, mijita?

--Quiero decir que es súper chida.

Después de la cena, Sarita se quedó en el casino aunque era demasiado joven para jugar. Marlene estaba convencida de que la atracción principal del lugar era que

Carloalberto y su esposa habían recalado allí y ahora estaban absortos jugando con las máquinas.

--Qué cosa más idiota, venir a un crucero y plantificar el fondillo frente a una computadora --dijo Marlene--. ¿No pueden hacer eso en su casa?

Dejó a Sarita dando vueltas alrededor de la pareja --había otras tres muchachitas haciendo lo mismo-- y se fue a la boutique del barco. Allí compró un sombrero (se había olvidado de empacar uno) y un frasco de bronceador. Luego tomó el ascensor para dejar sus compras en la cabina antes de recoger a Sarita. Ya tenían entradas para el show de Blue Man Group esa noche.

Cuando la puerta del ascensor se abrió, vio a Carloalberto adentro. A corta distancia no parecía tan guapo, pensó Marlene. Tenía los ojos chicos y muy juntos, y la frente, demasiado lisa y brillosa, revelaba su familiaridad con el Botox. Carloalberto se bajó en la cubierta doce.

Marlene entró a su camarote y la sorprendió una gloriosa puesta de sol que encendía el horizonte en resplandores rojos y naranjas. Abrió el balcón para verla mejor. Otros pasajeros también estaban afuera, disfrutando del atardecer.

Pero no todos estaban interesados en la belleza del paisaje. Había una pareja besándose dos cubiertas más abajo. El hombre era Carloalberto y la mujer, la guionista de aspecto ratonil que lo había besuqueado poco antes.

--Tengo que contárselo a Sarita --se dijo Marlene--. A veces no basta con ser regísima.

Se quedó vigilándolos. De repente, Carloalberto dejó atrás a su acompañante y se apresuró a entrar en la cabina. Marlene se preguntó si su esposa habría acabado de llegar.

La versión de este historia en inglés esta aqui.

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