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La Hija de La Llorona: Capítulo 3: ‘Siempre llueve el 2 de noviembre’

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Resumen: Caridad, una cubana casada con un taoseño, tiene problemas para adaptarse a su nuevo entorno. Para acabar de fastidiar las cosas, un espíritu familiar se le aparece inesperadamente. Después de una discusión con su suegra, Caridad accede a poner un retrato de su madre en el altar, pero sigue sin comprender las ceremonias por el Día de los Muertos.

El altar de la familia Gallegos, situado en medio de la sala, medía cerca de cuatro pies de altura. Lo presidía una imagen de la virgen de Guadalupe rodeada de flores, velas, papel picado y varios retratos enmarcados en negro: el de Angélica, el del padre de Michael con bigotazos a lo Emiliano Zapata y el de la madre de Caridad.

Llovía a cántaros. Michael y Caridad compartían el sofá mientras Rita le daba los últimos toques al altar. Michael vestía vaqueros y camisa planchada. Caridad seguía en camisón de dormir y sin peinarse.

—Todos los años llueve el 2 de noviembre —dijo Rita de pronto—. ¿No lo han notado?

Michael se encogió de hombros aparentando no darle importancia.

—Apenas llovió durante el verano, mamá —contestó—. ¿No recuerda que usted tenía que regar sus plantas cada día? Ahora cae toda el agua que nos faltaba entonces.

—No es sólo este año. Siempre es así, desde…lo que tú sabes. No ha dejado de diluviar un solo 2 de noviembre —Rita miró el retrato de Angélica y suspiró—. No quiero imaginarme cómo estará la acequia ahora. Ojalá que naiden tenga que cruzarla esta noche.

Michael se inclinó hacia su mujer y le susurró al oído:

—No sé por qué mamá se empeña en seguir poniendo el altar. Todos los años termina llorando.

Caridad sonrió malignamente.

—Cosas de vieja.

—Ella no es vieja —replicó Michael, molesto—. Es una señora de cierta edad no más.

—Na, es una quinceañera —replicó Caridad, sarcástica—. Eso de andar metiéndose en todo lo que hacen los demás es signo de vejez. Claro, como no sale de la casa y no tiene otra cosa que hacer…Pero a mí no me va a pasar lo mismo. No te pienses que me voy a quedar encerrada aquí, enmoheciéndome como ella.

Rita dio media vuelta. No había perdido palabra de la conversación. Miró a Caridad fijamente antes de volverse de espaldas y seguir poniendo flores en el altar.

—¿Qué quieres decir? —le preguntó Michael a su mujer.

—Que en enero regreso a mis clases de inglés en UNM. Y voy a pedir trabajo en Wal-Mart.

Michael le pasó un brazo por los hombros y bajó la voz para decir:

—Corazona, yo puedo enseñarte inglés. Tú todavía no conduces bien y aquí los choferes manejan como les da la regalada gana. ¡A ver si tienes un accidente! Mejor estudia en casa y yo te ayudo cuando vuelva del trabajo. ¿O no confías en mí?

Caridad, más calmada, le contestó:

—No es eso, mi amor. El problema es que a mí la encerradera me mata.

—¿Por qué tienes que estar encerrada? Saca al baby a pasear, ve a la Plaza. Nunca te he prohibido que salgas, no soy un ogro. Y tú no necesitas trabajar. ¡Para lo poco que pagan en Walmart!

—Peor es nada —replicó Caridad—. Es decir, peor es tener que depender de ti hasta para comprarme un par de blúmeres.

—¿Un qué?

—Unos panties, chico. También extraño a mis amistades de la universidad. Por cierto, Margarita va a venir hoy. ¿Te acuerdas de ella? —Michael negó con la cabeza—. La puertorriqueña que vivía en Camino de la Placita y me daba botella cuando teníamos clases a la misma hora.

—¿Botella de qué? —preguntó Michael, alarmado.

Caridad se echó a reír.

— Me daba raites. Así les decimos en Cuba. A ella le encantan los altares del Día de los Muertos y toda esa bobería…

El llanto del niño les cortó la conversación. Rita salió corriendo y regresó con el pequeño en brazos.

—Vamos, cielito —le dijo mientras lo mecía—. Quédese tranquilo. Si La Llorona lo oye, se cree que es uno de sus lost babies. Viene, lo agarra y no lo vemos más…

Caridad se estremeció. Pero se recobró enseguida, encarándose con su suegra:

—Oiga, no le meta sandeces en la cabeza a mi hijo.

—Honey, por favor —intervino Michael—. Él ni siquiera entiende lo que mamá dice.

—¡Por si acaso! ¡Qué Llorona ni qué carijo!

Mortificada, Rita le extendió el niño a Caridad, que se lo endosó a su marido de inmediato.

—Cárgalo tú.

Pero Michael se levantó, alejándose del sofá.

—Espera, deja que me lave las manos.

Se dirigió al baño. Caridad, todavía con el bebé en brazos, dio un revirón de ojos.

—Siempre se pegan bacterias por la calle —explicó Michael por encima del sonido del agua—. Y los niños no tienen suficientes anticuerpos.

—Este tipo está obsesionado con la higiene —rezongó Caridad—. ¡Mala pata la mía de casarme con un maniático!

El bebé dejó escapar un gemido. Caridad comenzó a mecerlo con más fuerza de la necesaria.

Desde el altar Rita musitó para sí, pero con la intención de que Caridad la escuchara:

—Con todas las buenas muchachas que mi hijo tuvo de novias y terminó casado con esta cubanita hocicona.

Caridad, furiosa, salió de la sala llevando al bebé a remolque como un saco de papas.

—Un día lo va a matar —murmuró Rita.

La versión de este capítulo de "La Hija de Llorona" está disponible en inglés aquí.

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