Hermanas en Té – Parte I: Sangre nueva

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La tradición había empezado en 2004, cuando el Salón de Té Saint James todavía se encontraba en Old Town. La boutique de Lupe, Books and Boots, quedaba a pocas cuadras y fue ella quien lo descubrió. Al principio sólo Lupe y Felicia se reunían allí de vez en cuando, el día que mejor les convenía. Pero luego invitaron a Ramona, que tenía ínfulas de coordinadora, y las reuniones se convirtieron en eventos organizados. Así fue cómo se les asignó día y hora específicos: el tercer miércoles del mes, de las 4 a las 6 de la tarde.

Hubo algunas cancelaciones, como el día en que el esposo de Lupe, El Viejo, sufrió un ataque de apendicitis y tuvo que ser operado en el Hospital Presbiteriano un miércoles por la tarde. Aquel día, las tres amigas se encontraron junto a su cama y hasta le regalaron flores, lo que abochornó un poco a El Viejo, que no sabía muy bien qué hacer con ellas.

Sin embargo, por regla general, no dejaban que las lipidias de la vida ordinaria interfirieran con sus encuentros. Se llamaban a sí mismas "hermanas en té" y se sentían unidas por un lazo que tenía tanto de la infusión aromática como de su idioma común, el español. Ramona era de La Habana y Lupe de Ciudad Juárez, México; canturreaban y maldecían a plenitud en su lengua materna. Felicia era nuevo mejicana pero igual pronunciaba sus erres con entusiasmo, como la más castiza.

Cuando uno de los novios de Felicia la dejó (los novios de Felicia siempre la dejaban por una razón o por otra) se encontraron la semana siguiente. Contra los estatutos de la sociedad, establecidos por la propia Felicia, se tomaron el tiempo necesario para decir perrerías del ingrato, pues no hay nada como un buen desahogo para levantarle los ánimos a una mujer. Pero se solían dejar fuera de la charla las quejas y los alardes, además de cualquier clase de negatividad.

Los estatutos eran una broma. O tal vez no. Quedaba sobreentendido que aquellas dos horas eran momentos especiales para charlar sobre sí mismas, libros, ropa, sofocones menopaúsicos y lo que se les ocurriera, pero no para compartir fotos de muchachos, quejarse del trabajo o dedicar tiempo precioso al aburrido tema de los maridos.

Tampoco es que hubiera muchos maridos a la vista. De hecho, solo había uno: el de Lupe. Lupe y El Viejo llevaban más de 30 años casados y ya habían pasado la etapa de darse pisto o de quejarse. Estaban en la época de "sea lo que sea," afirmaba Lupe. Ramona llevaba toda una vida divorciada, o daba esa impresión, y ahora, a los 58 años, parecía haber perdido interés en los hombres.

De modo que era Felicia quien a menudo tenía problemas de ese tipo. Hacía poco se había ennoviado con un fulano al que llamaban Papacito, un cubano al que conociera en una sesión de Pilates en la YMCA. Papacito no era santo de la devoción de Lupe y Ramona para pareja de Felicia. Aunque la propia Ramona era cubana, el hombre no le había gustado. En absoluto. Demasiado gritón, dijo. Demasiado vago, pensó. ¡Mira que no tener trabajo! Demasiado creído, además.

Una pena que Felicia se enamorara de él cuando había alguien que parecía "perfecto" para ella. Se trataba de uno de los escasos clientes del sexo masculino que frecuentaban el salón de té: portaba gafas y canas, escribía historias de detectives y pertenecía al grupo de escritores Southwest Writers. Lupe lo llamaba Señor Misterio.

--¿Por qué carambas voy a salir con ese vejestorio? --le preguntó Felicia, arrugando la nariz, después de inspeccionar al hombre a distancia--. ¡Uf!

Una real lástima porque Señor Misterio parecía interesado en ella.

En fin.

En fin, se dijo Ramona, mientras se preparaba para la reunión correspondiente al mes de octubre. Siempre le había reunirse a chacharear con sus amigas, pero hoy sentía una leve aprensión en el momento de subirse al Nissan y manejar hacia el salón de té.

Había sido idea de Lupe invitar a alguien más esta vez: se trataba de su nueva empleada en Boots and Books, una chica joven que había pasado por momentos difíciles y necesitaba apoyo.

--Le hará bien venir y compartir un rato --había dicho Lupe--. Además, a nosotras mismas nos hará bien llevar sangre nueva a las reuniones.

Ramona, que era la mayor, pensó que aquello era ridículo y hasta un poco ofensivo. Eran un grupo de amigas, no un club de membresía. Les había ido muy bien, gracias, durante 12 años sin ninguna infusión de "sangre nueva." Pero no quería caer pesada y se guardó sus pensamientos, sobre todo después que Felicia apoyara con entusiasmo la propuesta de Lupe.

--¡Claro que sí, a ver si ésa nos trae otros temas de conversación! A veces me parece que siempre hablamos de lo mismo, ¿eh?

(¿Acaso no había caído en la cuenta de que la mayoría de las veces hablaban de ella?)

Ramona lo dejó por la paz. Quizás Lupe tenía razón y una compañera más joven sería la mejor adición al grupo. Se preparó para recibirla sin prejuicios. Pero de todas formas no estaba satisfecha y no podía sacudir un sentimiento de desconfianza. Sus corazonadas siempre habían resultado certeras. ¿Y por qué iba a ser diferente esta vez?

La versión en inglés de esta historia está aqui.

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