Hermanas en Té – Parte III: Esperando a Lupe

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Parte 2: Cuando Ramona llega al Salón de Té St. James y empieza a curiosear en los estantes, pasa por una situación poco agradable con una desconocida. Se reúne con Felicia y ambas desean secretamente que la amiga de Lupe no se aparezca por allí.

Felicia y Ramona seguían esperando por la llegada de Lupe y su amiga. Charlaron un ratito, pero se sentían algo incómodas. Ramona se dio cuenta de que, aunque Felicia había aprobado en principio la idea de la nueva integrante de la piñita, prefería que se mantuviera la reunión habitual ese día.

--Tengo ciertas cosas personales que compartir --le confió--. Y me va a ser difícil delante de una extraña.

Las "cosas personales" probablemente tenían que ver con Papacito, supuso Ramona. Como siempre.

Sonó el teléfono de Felicia y ésta sacó un estuche color rosa brillante de su bolsota Kate Spade. Ramona rio entre dientes, para sí. Felicia no era de las que se ponen frufrús, o al menos no lo había sido en los tiempos anteriores a Papacito.

--Sí, estamos aquí --dijo Felicia al teléfono--. Claro, no hay problemas. Tómate tu tiempo, corazona.

Cerró el teléfono y se dirigió a Ramona:

--Lupe creía que iba a encontrarse con su amiga en Boots and Books, pero parece que la otra vino por su cuenta. De todos modos, ya Lupe está en camino y en un momentico vamos a conocer a la nueva.

Fue entonces que notó la sonrisa de Ramona.

--Papacito y yo tenemos el mismo tipo de teléfonos --explicó--. Los agarré en un especial de Verizon, una oferta de dos por uno. Este estuche medio ridículo es para distinguir el mío del suyo.

Ramona asintió. Lo más probable era que Felicia hubiera pagado el especial, pero decidió no expresar sus pensamientos por segunda vez ese día. Se fijó en el menú. Aquel, que era de octubre, incluía sándwiches de pavo y aguacate acompañados de té negro, pastelitos y trufas cubiertas de chocolate. ¡Ah, las calorías! Ramona siempre había sido esbelta, pero algunos kilos de más se le habían acolchado recientemente en la barriga y la cintura. Hacía todo lo posible por librarse de ellos y hasta ayunaba el día del encuentro de té. Hasta las cuatro de la tarde, por supuesto.

Entretanto, Felicia había sacado un libro de su bolsa. Se lo mostró a Ramona con un guiño cómplice.

--Mira esto --le dijo--. Quiero tu opinión sincera antes de que aparezca la amiga de Lupe.

--Cómo sazonar tu vida amorosa --Ramona leyó el título y movió la cabeza--. ¡Anda ya, no deberías necesitarlo, con ese tremendo tipazo que tienes de novio!

Cayó en la cuenta de los celos que le traicionaba la voz y sintió la ironía del comentario. La verdad era que no consideraba a Papacito "un tremendo tipazo" sino un vago aprovechador. Por suerte, Felicia era de buena pasta y no se ofendió.

--Es verdad --le dijo--. Como Papacito es un tipazo, necesito mantener el fuego encendido. No quiero que la relación se vuelva tibia y aburrida, como la última vez. ¿Recuerdas lo que el otro me dijo cuando me dejó?

No fue nada agradable, recordó Ramona.

--Seguro que todo saldrá bien esta vez --se apresuró a decirle--. Papacito tiene suerte de haber dado contigo.

¿Dónde va a ir él que más valga? Agregó para sus adentros.

--¿Tú crees? --Felicia sonrió, complacida--. Bueno, con él me siento la mujer más afortunada de la tierra.

A Ramona le hubiera gustado preguntar cómo un ratón de gimnasio desempleado, con un cerebro de mosquito, podía lograr que alguien como Felicia se sintiera "la mujer más afortunada de la tierra." Debatió consigo misma si sería una falta de compasión mencionar el hecho innegable de que el tipo no trabajaba cuando su amiga continuó:

--Pero no quiero que parezca que me estoy esforzando mucho, ¿comprendes? No sé si deba contarle del libro o nomás…poner los consejos en práctica.

Ramona deseaba que Lupe apareciera de una vez. Sentía las mejillas ardiendo. ¿Desde cuándo era ella una experta en asuntos de sexo? ¿Y qué sabía sobre ese tipo de libros de autoayuda? Tosió y dijo:

--Nomás haz una prueba y no le digas nada. La práctica hace la perfección, como dice el refrán.

--Por supuesto, soy yo quien necesita aprender algunos trucos. Papacito ha tenido suficiente experiencia para los dos.

Ramona dio un revirón de ojos. Cada oveja con su pareja, pensó y se encogió de hombros. Buscó en vano algo vago que responder, pero no lo encontró. Afortunadamente, las cortinas de terciopelo se abrieron y en medio apareció la cara redonda de Lupe.

--¡Hola, chicas! --les dijo--. Perdón que llegamos tarde. Fue un malentendido, por culpa mía. Bueno, aquí está mi amiga Carmen.

Detrás de ella estaba la muchacha de las uñotas coloradas. Ramona se puso rígida, pero consiguió ocultar su incomodidad. Felicia, que había guardado el libro en su bolso, se puso de pie y besó a Carmen en la mejilla.

--¡Bienvenida a nuestro grupo! --le dijo con quizás demasiado entusiasmo--. Estamos encantadas de conocerte.

¿Tú y quién más? se preguntó Ramona.

Saludó educadamente a la recién llegada sin moverse de su asiento. Carmen le lanzó una mirada asesina. Aquello no iba a terminar bien y Ramona ya lo sabía.

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