Hermanas en Té – Parte IV: El vestido rojo

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Felicia, Ramona y Lupe son tres amigas que se reúnen todos los meses en el Salón de Té St. James. Pero cuando Lupe propone invitar a una chica llamada Carmen, Ramona se pone nerviosa. ¿Caerá bien Carmen en su piñita? ¿Y qué va a suceder si no? En la Parte III, Ramona y Felicia conversan mientras esperan a Lupe y a su amiga. Desafortunadamente, la nueva adición al grupo resulta ser la mujer que Ramona descubriera abriendo un paquete en la tiendita de la tetería. ¡La reunión no empieza con buen pie!

Era el tercer miércoles de noviembre, día de otra reunión en el Salón de Té St. James.

Lupe no podía creer que ya hubieran pasado cuatro semanas. Había leído que el transcurso del tiempo parecía acelerarse con la edad. El hecho de estar entrando en años no le hacía gracia. Ninguna.

Pasó a la sala donde su esposo, El Viejo, se había acomodado en su butaca favorita para corregir los ensayos de sus alumnos. Lupe comprendió, por su expresión concentrada y contenta, que estaba disfrutando la tarea. Consideraba a su marido un "nerdito" en todos los sentidos de la palabra. En otra oportunidad no lo habría interrumpido, pero ahora le hacía falta apoyo.

--¿Crees que debo contarles a las chicas lo que pasó con Carmen? --le preguntó.

El Viejo separó la vista de los papeles. Era profesor de literatura española en la Universidad de Nuevo México y tenía modales afables que reconfortaban a sus alumnos, incluso si se llevaban una mala nota al final. Después de casi dos décadas juntos, Lupe todavía podía sentir el efecto calmante de sus grandes ojos marrones, de perro Labrador.

--No entres en detalles desagradables --contestó El Viejo--. Nomás diles que se marchó, que es la verdad.

--Parte de la verdad --replicó Lupe.

--En cualquier caso, no fue culpa tuya. No hagas una tormenta en un vaso de agua.

Era posible que El Viejo tuviese razón. Pero Lupe debía admitir que llevar a Carmen a la reunión anterior había sido un error. Un error suyo. Ya sabía que Ramona no estaba feliz con la idea. Y luego el ambiente había estado tan cargado que acabó preguntándose si las dos mujeres se conocían de antes y habían tenido algún problema. Apenas habían intercambiado unas pocas frases, arruinando la tarde para las demás. Felicia, que hiciera todo lo posible por mantener una conversación civilizada, finalmente se dio por vencida también. Por primera vez desde que Lupe recordaba, habían salido del salón de té15 minutos antes de que se cumpliera el tiempo asignado.

Quizás Carmen tampoco había disfrutado la velada. Tal vez la compañía de tres mujeres mayores no le había resultado interesante y simplemente se aburrió. Lupe se encogió de hombros. Pero había sido Carmen quien dijera, y más de una vez, que quería reunirse con ellas para el té...De cualquier forma, aquello no tenía mayor importancia. Pero lo que había pasado con el vestido rojo era otra cosa. A pesar de los consejos de El Viejo, decidió que se lo contaría todo a sus amigas.

Lupe suspiró mientras se examinaba el cabello y el maquillaje en el espejo del recibidor. Con apenas cinco pies y una pulgada de estatura, sabía que debería llevar el pelo corto. Su melena entre marrón y cenicienta, que le llegaba por los hombros, la hacía lucir más rechoncha de lo que era en realidad. "Te quita altura," le había dicho su estilista, tratando de convencerla para que se hiciera un corte a lo paje. Pero Lupe creía que el pelo largo le daba una apariencia juvenil y quería conservarla durante el mayor tiempo posible. Se despidió de El Viejo y se fue.

El tráfico de Albuquerque, desde el Valle del Norte, no estaba muy pesado, pero igual le tomó sus buenos veinte minutos para llegar al salón de té. Tuvo tiempo suficiente para reflexionar sobre el asunto del vestido rojo y la forma en que se lo presentaría a sus amigas sin parecer odiosa, enojona o victimizada.

El vestido había estado en la tienda más de dos meses. Resultó una venta difícil, aunque era bonito y festivo. Pero, por supuesto, la gente no iba a Books and Boots a comprar ropa. Si no se vendía pronto, Lupe había pensado en regalárselo a Carmen--era justo su talla y su color favorito. Por eso todo aquello le había dolido tanto.

El viernes por la mañana, el vestido no estaba allí. Como Carmen había trabajado sola el día anterior, Lupe supuso que lo había vendido. Bien por ella, pensó. Empezó a hojear los recibos, pero descubrió que sólo se habían vendido dos llaveros, tres tarjetas postales, un libro sobre los santos del Suroeste y un par de gafas de sol baratas--un total de cincuenta y seis dólares con noventa centavos. El vestido costaba setenta dólares, pero ella le había dicho a Carmen que lo rebajara a cincuenta si alguien se interesaba.

Carmen se había excusado aquel día diciendo que se sentía mal y Lupe prefería no hablar del tema por teléfono. Le dejó un mensaje diciendo que necesitaba hablar con ella. Pero Carmen no apareció al día siguiente y ni siquiera se molestó en llamar. Cuando Lupe telefoneó de nuevo, el número estaba desconectado. No volvió a saber de su antigua empleada y ya habían transcurrido dos semanas.

Lupe podía haber dado parte a la policía, pero decidió no hacerlo. No podía probar que Carmen se había robado el vestido. No valía la pena, al fin y al cabo. Pero se sentía engañada. Peor aún, se sentía traicionada.

--No hay buena acción sin castigo --murmuró mirando al espejo retrovisor.

Ahora tendría que explicarles todo aquello a Felicia y a Ramona, pasándose por las narices el estatuto que prohibía refunfuñar.

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