La Narradora

Hermanas en Té

Parte II: En el salón de té

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Felicia, Ramona y Lupe son tres amigas que se reúnen todos los meses en el Salón de Té St. James. Pero cuando Lupe propone invitar a una chica llamada Carmen, Ramona se pone nerviosa. ¿Caerá bien Carmen en su piñita? ¿Y qué va a suceder si no?

La escultura de un perro blanquinegro daba la bienvenida a los clientes en el Salón de Té Saint James. Una vez que cruzaban el umbral, un aroma a mejoras épocas ​​se cernía sobre ellos como un velo de cuentas perfumadas.

El Mercado --la tiendecita del salón de té--estaba bañado en una luz azulada que favorecía a la mayoría de los cutis. Los estantes se atestaban de tazas, teteras, coladores e innumerables variedades de tés. Había libros y papel de cartas; bufandas y guantes; collares y anillos brillosos. Todo esto transportaba a Ramona a la época de la Reina Victoria, que se imaginaba opulenta, llena de refinados sombreros de plumas, borlas de polvo y tocadores de mármol.

--Eso si pertenecías a la nobleza, cubana pretenciosa --le decía Felicia--. La vida no era glamorosa para las muchachas pobres que trabajaban en fábricas durante la revolución industrial. ¿Por qué nadie las menciona cuando se habla de la época victoriana?

Ramona contestaba con un buen revirón de ojos. ¿Era ella una cubana pretenciosa? Se miró en un espejo enorme con marco dorado. No usaba maquillaje. Llevaba el cabello corto y bien peinado, y aretitos color turquesa que le hacían juego con los ojos. Siempre se vestía bien los días del té y aquél había elegido una falda estrecha de color beige y una blusa blanca. Se probó un bonete rosado de una colección que la tienda ofrecía "en préstamo" a las clientas y guiñó un ojo.

--Te ves de lo mejor, chica --se dijo.

Si aquello era ser pretenciosa, pues que lo fuese.

Como de costumbre, el salón de té estaba lleno. Las camareras vestían uniformes blancos con apliqués de encaje. No eran disfraces a lo Disney, sino vestidos con estilo que a Ramona le hubiera gustado probarse alguna vez.

Los salones de té eran "rinconcitos" donde cabían hasta cuatro clientas y que tenían nombres como 18 Duke St., Woodridge Estate y Newstead Abbey, o las alcobas de la Biblioteca, reservadas para grupos grandes. Eran más amplias que los rinconcitos, pero igual de acogedoras. Ramona prefería una llamada Pemberley. Estaba empapelada con páginas de las novelas de Jane Austen y a Ramona le gustaba imaginarse al espíritu afable de la escritora revoloteando sobre ellas y oyendo su conversación.

El menú, que se servía durante dos horas, venía en una bandeja de tres pisos. Variaba cada mes, pero básicamente consistía de panes (panecillos ingleses con crema de limón y cuajada); tapas (sándwiches de té, tartas, quiches), y dulces (éclairs, tortas, compotas), cada uno acompañado de un té diferente.

Ramona había llegado a las cuatro menos cuarto. Tendría que esperar hasta que su mesa estuviera lista, a las cuatro en punto, pero no le importaba pasar el rato hurgando en los estantes del Mercado. A lo mejor descubría una nueva variedad de té o una tetera rara, aunque ya tenía suficientes cachivaches como para poner su propia tienda. Sus amigas mostraban más moderación en ese aspecto.

Una bolsa de galletitas de manzana le llamó la atención. Pero antes de que pudiera alcanzarla, una mano con uñas enormes y pintadas de rojo se la arrebató. Ramona levantó la vista y vio a la propietaria de las uñas, una muchacha con vaqueros ajustados y camiseta. La chica parecía inspeccionar la bolsa. ¡No, la estaba abriendo! Ramona miró a todas partes, pero no había camareras ni empleados a la vista.

--Disculpe --dijo mientras la mujer luchaba con la cubierta de celofán--. ¿Usted vas a comprar esas galletas?

--¿Tú trabajas aquí? --respondió secamente la mujer.

--No, pero es posible que quiera comprarlas y no me gustaría encontrar el paquete abierto.

La mujer tiró la bolsita en el estante y se alejó.

--Qué falta de modales --murmuró Ramona, sacudiendo la cabeza.

Había perdido todo interés en las galletas.

La camarera la condujo a Pemberley. Las cortinas de terciopelo estaban abiertas y las servilletas bien dobladas. Había una tarjeta de bienvenida con cuatro nombres escritos a mano. El tercero era "Carmen." Ramona se preguntó si la amiga de Lupe hablaría español. Ojalá que sí, pensó.

Felicia apareció enseguida.

En opinión de Ramona, Felicia había cambiado para peor desde que empezara a vivir con Papacito --demasiado pronto, en su opinión también, menos de dos meses después de conocerlo. Antes llevaba zapatos cómodos y vestidos amplios que camuflaban los diez kilos que necesitaba perder. Ahora se balanceaba con dificultad sobre un par de tacones altos y tenía puesta una blusa demasiado apretada y transparente.

Ramona estuvo a punto de ofrecerle un par de consejos que no le habían pedido, pero cambió de idea. Había comenzado a tomar una clase de meditación en el YMCA. En la última reunión, la instructora había dicho: "La naturaleza nos ha dotado de una lengua y de dos orejas para que escuchemos el doble de lo que hablamos. Cultivemos la charla compasiva como una forma de sanar el mundo." A Ramona no le gustaba que la sermoneasen, pero, por un día, decidió morderse la lengua.

--¿Qué le pasará a Lupe? --le preguntó a Felicia luego unos minutos de charla compasiva--. Nunca llega tarde

--A lo mejor está esperando a su amiga.

Claro, su amiga. Ramona suspiró. Con un poco de suerte, "su amiga" habría decidido no aparecerse por allí, después de todo el brete.

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