Funeral a la Cubana - Cuarta parte: El último viaje de Abuela

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Resumen: Durante el funeral de su abuela, la narradora se pregunta cómo sería la vida familiar en Cuba y oye a su madre y a su tía conversar sobre el tema. La narradora escucha a su madre y a su tía hablar de los motivos por los que no salieron de Cuba hasta los 80 así como sus primeros años en Miami. Ve cómo el papel de su abuela cambia de matriarca a anciana dependiente de sus parientes. Mientras Mamá y Tía Cecilia hablan, Abuela regresa de la cocina y se planta en medio del grupo. Se ha quitado el maquillaje funerario y sólo lleva una base ligera de su polvo favorito, Coty Airspun. El olor a canela, azúcar quemada y leve tufillo a tabaco todavía la sigue como un aura fragante.

Con toda intención le da pisotón a Mamá y le pega un codazo a Tía Cecilia. La taza de “café de cartón” de Tía cae al suelo y explota en pedacitos azules y blancos sobre el piso de linóleo verde. Todo el mundo se queda mirándonos.

—Pobrecita —dice alguien—. Siempre es difícil perder a una madre, no importa cuántos años tenga.

Un murmullo de aprobación se levanta del grupo de las jugadoras de bingo. ¡Si ellas supieran!

Tía Cecilia y Mamá no dicen ni una palabra, sólo se miran una a la otra. No tienen poderes de visión, que yo sepa, pero cuando los fantasmas deciden hacernos sentir su presencia, resulta muy difícil ignorarlos. Créanme porque yo sé de lo que hablo.

Tía Cecilia trae un paño de cocina a rayas y comienza a limpiar el café del suelo. Mamá recoge los pedazos de la taza rota.

—Me puse a trabajar para aquella familia de ricachos que vivía en Coconut Grove en noviembre de 1980 —les dice Abuela, que hasta en la muerte conserva su buena memoria—. Limpiaba la casa, llevaba a los muchachos a la escuela, cocinaba. Ahora que lo pienso, hacía lo mismo que había hecho toda mi vida en Cuba para ustedes, sólo que aquí me pagaban por ello. Así fue como ustedes dos tuvieron tiempo para aprender inglés y encontrar trabajos decentes. ¡Gracias a mí! ¡Así que no anden diciendo que me han estado manteniendo desde el primer día, desgraciadas!

Esta versión de la historia es una novedad. Siempre pensé que Abuela había dependido por completo de sus hijas hasta que pudo cobrar el seguro social. No sé quién estará diciendo la verdad. No sé si importa a estas alturas.

Entran tres tipos vestidos de negro. Son de la Funeraria Rivero. Los rostros se les contraen con la expresión empática de rigor para quienes tratan con la muerte a diario—por un sueldo.

La gente se pone de pie. Se apagan las conversaciones. Ha llegado la hora de llevar el ataúd a La Ermita de la Caridad, la iglesia donde se celebrará la misa fúnebre dentro una hora. Abuela no era amiga de ir a la iglesia, pero esto era lo que correspondía hacer según Mamá y Tía Cecilia.

Las jugadoras de bingo ponen en una mesa sus tacitas de café, del que no han bebido una gota. Una comienza a rezar el Ave María en español.

Tío Lewis y los tres tipos de la funeraria levantan el ataúd. Mamá los sigue con un pañuelo sobre los ojos. ¿Está llorando ahora? Tía Cecilia va atrás.

Yo no me muevo. Sigo mirando a la figurilla etérea con su bata de casa de lunares y me pregunto si acompañará a los dolientes a La Ermita de la Caridad. Pero ella les hace la higa con entusiasmo a los portadores del féretro y vuelve a la cocina, donde todavía caen gotas oscuras de café de la teta.

Voy tras ella.

—¿No vas a ir con nosotros? —le pregunto en voz baja.

Hace la higa de nuevo; su dedito del medio corta el aire pesado por el humo de los tabacos.

—No tengo nada que hacer allí —responde—. Además, las misas funerarias son muy deprimentes. Incluso si es la tuya. Especialmente la tuya. ¿No crees?

Reflexiono por un momento.

—Tal vez no —murmuro—. Es posible que digan cosas buenas de ti.

—¿Quién las va a decir? ¿Un cura que ni me conocía? ¡Ah, no jeringues!

Me siento en una silla y espero mientras Abuela se sirve una taza de “café de cartón.”

—Ojalá ellas hubieran podido oír lo que dijiste hace un ratico —le digo—. Es una historia diferente, de las que nunca antes quisiste compartir conmigo.

Abuela bebe su café.

—No sabe a cartón —declara, sin tomar en cuenta mi comentario—. ¿Y cuál es el problema con que esté un poco viejo? Estas muchachas se echaron a perder aquí. ¡No las voy a extrañar!

—¿Y a mí?

Me guiña un ojo.

—Un poco.

Sus piernas comienzan a desvanecerse en el aire.

—¡Espera! —extiendo las manos—. Quería saber… ¡tengo tantas preguntas! ¿A dónde vas, Abuela?

—A Cuba, mija. ¿A dónde iba a ser? Y éste es mi último viaje, te lo juro.

Ya se ha ido. Mamá asoma la cabeza en la cocina y dice que vamos a llegar tarde al funeral.

—¿Vienes o no? —pregunta.

—No, señora —le digo.

—¿Por qué no? —replica, exasperada—. ¿Qué te pasa? ¡Pensé que querías a tu abuela!

Más que tú, quiero responderle. En lugar de eso, voy al cuarto y cierro la puerta, ignorando las súplicas de Mamá que atraviesan las paredes hechas de papel y saliva. A sola con la ausencia del fantasma de Abuela, intento conjurar su olor a canela, azúcar quemada y leve tufillo a tabaco.

The English version of this story can be found here.

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