Funeral a la Cubana - Tercera parte: Café cubano - dulce y fuerte

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Alguien está haciendo café al estilo cubano. Es Bustelo, mi favorito. El olor me cosquillea en la nariz mientras el humo se eleva en el aire, dibujando una mujercilla baja y corcovadita, con los ojos azules como abalorios, cabellos grises y pelitos en la barbilla. Pestañeo y recuerdo una conversación que tuvimos hace dos o tres meses:

--Abuela, ¿por qué no usas cera caliente, por favor? Se te ve horrible. Puedo traerte esas tiritas que...

--¿Qué cera ni cera! ¡No te metas en lo que no te importa! ¿Acaso yo te digo algo cuando usas cera en tus vergüenzas, cochina, para lucirte en un bikini que te deja ver todo?

El humo se desvanece, pero Abuela se queda, vestida con su bata de andar--la que usaba todos los días, con las pintitas rojas. Conserva sus sandalias de madera, las chancletas que atronaban la casa con su eterno clap-clap. Por raro que parezca, todavía lleva el maquillaje de espanto que le pusieron en la funeraria.

Su presencia no me sorprende. Siempre he visto cosas--el tipo de cosas que la gente normal no ve. Mamá me llevó a una mamalosha, una practicante de Santería dueña de una botánica de la calle Ocho, quien le aseguró que yo era clarividente. El consejero de la escuela, por su parte, me mandó de cabeza para un psiquiatra que se empeñó en ponerme a régimen de Valium. "El remedio va a ser peor que la enfermedad," dijo Mamá. Los tranquilizantes no la convencían y se limitó a advertirme que no me "metiera demasiado en esos bretes."

--Acuérdate que tu abuelo estuvo ingresado en el Hospital Psiquiátrico de Mazorra por un año entero antes de morirse --me dijo--. Hay una tara de locura en la familia y yo creo que a ti te cayó más de que la que te tocaba. ¡Ándate con cuidado, eh!

Por sí o por no, me he acostumbrado a no comentar mis visiones. No veo fantasmas humanos con frecuencia. Pero eso sí, veo espíritus de animales. Muchísimos, lo que quizás explique mi decisión de hacerme veterinaria. He encontrado gatos desencarnados, perros, burros y hasta loros. Hubo un tiempo en el que me llegaban todos los días bandadas de pájaros fantasmales tratando de encontrar el camino a sus antiguas jaulas, porque se figuraban que seguían vivos y aleteando. Fue tremendo problema convencerlos de lo contrario. Me pregunto si pasará lo mismo con Abuela.

Ahora me guiña el ojo. Empiezo a decirle que siento mucho lo que le pasó, pero no se detiene a escucharme. Ignora el ataúd y a las visitas y camina en derechura a la esquina de la familia, con la furia de una gallina indignada y lista para la pelea.

--¡Las sorprendí hablando mal de mí! --les dice en español a Mamá y a Tía Cecilia --. Les recuerdo que yo sí trabajé cuando llegamos a Miami. Fui la primera en conseguir una peguita como empleada doméstica, mientras ustedes nada más se ocupaban de aprender inglés y de volverse bien americanas. ¿Quién cuidó a la chiquita durante todos estos años? ¿Quién se ocupaba de ella mientras ustedes dos salían muy frescas de paseo? ¡Qué desagradecimiento!

Con estas palabras se aleja, siguiendo el aroma de café Bustelo que se escapa de la cocina.

--¿Abuela? --musito.

Pero ya ha desaparecido. Echo una última ojeada al cadáver que descansa en el ataúd y regreso a mi asiento. Mamá y Tía Cecilia están tomando café en tacitas de porcelana. Es un alivio que ellas no sean clarividentes.

--Esto sabe a cartón --declara Tía Cecilia.

Mamá sacude la cabeza.

--¿Cómo puede saber a cartón, chica? ¿Alguna vez has comido un pedazo de cartón? Siempre tienes que criticarlo todo.

--Yo sé lo que estoy diciendo: es café viejo, café que ha estado en el armario desde el año pasado por lo menos. Ese era uno de sus truquitos: ofrecerles café rancio a las visitas. ¿O ya se te olvidó?

A Mamá se le escapa una risita.

--¡Ah, sí! Empezó a acaparar cosas en Cuba y siguió con lo mismo aquí, aunque no había necesidad.

--Lo hacía por fastidiarnos --el recuerdo hace que Tía Cecilia frunza el ceño--. Por eso dejé de llevar a la casa a los muchachos con quienes salía. Ella les servía café viejo y galletas llenas de polvo para hacerme quedar mal. "Aquí tiene cafecito cubano, dulce y fuerte," les decía con su mejor sonrisa. Y una podía ver cómo el infeliz hacía esfuerzos por no escupirlo.

Pero no es Abuela quien hizo el café hoy. Debe haber sido Tío Lewis, el marido de Tía Cecilia, que adora el café exprés y ha aprendido a hacerlo al estilo cubano, usando una teta--un filtro de tela que se cuelga de una base metálica. Muy simple, pero funciona mejor que cualquier cafetera Mr. Coffee o Black & Decker. Sólo hay que poner café molido en el filtro, echarle agua hirviendo y esperar hasta que gotee en un jarrito que se pone debajo.

Todo muy natural, orgánico y ecológico, como dice Tío Lewis, que es de San Diego.

--Fíjate en las muecas que hace la gente --apunta Tía Cecilia-- Ya notaron que el café sabe a cartón, pero son demasiado amables para decirlo.

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